Besos

Enviado por Carlos Lorenzo Granja el 25/06/2011 a las 02:51 AM

Me piden que hable de un beso. Podría hacerlo llenando mi relato de palabras rimbombantes y voluptuosas poco apropiadas. Podría contar una historia real, pero nunca estaría a la altura de los grandes besos a los que el cine nos ha acostumbrado, aquellos con los que sueñan las futuras jovencitas decepcionadas de medio mundo. Podría, también, inventarlo. Bastaría con elaborar un marco inigualable. Introduciría en la descripción unos fuegos artificiales, o mejor, de artificio; una noche estrellada, una playa desierta y un perro peludo sacudiéndose al lado de dos enamorados, mientras éstos se deshacen en caricias y risotadas la última noche del verano. Bastaría con hablar de una colina solitaria desde donde se contempla una ciudad iluminada. Y un coche. Y una canción. Y es que parece que un buen beso tiene que estar envuelto en una parafernalia brutal. ¿Acaso cuando uno besa no cierra los ojos para olvidarse de todo cuanto escenario le rodea? Qué importan, pues, todos esos adornos. Nunca necesité la ayuda de las estrellas, ni de una canción, ni siquiera de una cena a base de espagueti a la luz de las velas en un callejón. Lo que no significa que, en ocasiones, no haya caído en las viejas costumbres románticas.

Se ha escrito mucho acerca de los besos. Canciones. Poesía. Otras veces, las palabras han sobrado. En ocasiones, sirenas de policía han seguido a esta primitiva demostración de afecto. Para algunos, los besos fueron faros, luces encargadas de orientar un rumbo. Para otros, el reducto de una perversa intención. ¿Quién no ha dado alguna vez un beso por compasión? ¿Quién no ha besado aun sin sentirlo el corazón? ¿Quién, orgulloso, no ha esquivado un beso deseado? Hay personas a las que se les escapa la vida sin ser besadas. ¿Quién puede confiar en un beso?

Aquella madrugada volvimos juntos a la habitación de un hostal en obras. Tuvimos que caminar como equilibristas de circo sobre varios tablones de madera, ya que las escaleras habían desaparecido. Juntando hasta el último céntimo que cayó al volcar nuestros bolsillos, aquel lugar fue el único que pudimos costearnos. Sólo hacía unas horas que nos conocíamos, pero todo discurría con apabullante naturalidad. Nos fuimos desnudando muy poco a poco. Ella guardaba un bolígrafo negro en el bolso que utilizamos para auto dedicarnos el cuerpo del otro. Escribíamos frases que descifrábamos mirándonos al espejo. Era temprano, y con el chocolate del desayuno que nos llevamos en vaso de cartón nos pintamos la cara, los brazos e incluso más allá del ombligo. Sobra decir que también nos lo comimos. Aunque frío, sabía, si cabe, mejor. Recorrí lentamente con mi lengua, y con los ojos cerrados, el dulce camino desde su pecho hasta su barbilla. Me detuve. Al abrirlos observé su boca en forma de corazón embadurnada de chocolate. Volví a cerrarlos. Mientras, afuera, un millón de fuegos de artificio explotaban en un cielo despejado, iluminando la habitación al ritmo de nuestros labios.  

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Ruth
Ruth el 27/06/2011 a las 11:44 AM

No puedo decirte otra cosa que no sea 'Gracias' por este texto tan bonito. Soy una fanática de los besos, de los buenos besos como yo digo...me haré eco de tu post en mi blog (si no te importa) y lo continuaré...

 


Carlos L. Granja
Carlos L. Granja el 27/06/2011 a las 12:30 PM

Y yo no puedo responderte otra cosa que "Gracias" por tu comentario, mi primer comentario. Cuando uno escribe, una buena crítica vale más que un montón de euros en premios (creo que tendré que replantearme esta idea:)). Claro que no me importa, cuélgalo en tu blog. Un saludo! 


mJ_
mJ_ el 06/07/2011 a las 11:00 PM

Pues quiero que sepas que te mereces más comentarios, muchos comentarios. Es un escrito precioso, lleno de verdades al principio e infinitamente bonito en su final. Enhorabuena ;)


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